Transformación del lenguaje, incomunicación personal y reconceptualización de la información en el siglo XXI

 

Por Pablo D´Elio

 

En el seno de la vida cotidiana y a lo largo de la historia de su formación como ser social, el hombre ha adaptado sistemáticamente las distintas innovaciones tecnológicas que se han ido presentando al alcance de su mano, interiorizando sus mecanismos de funcionamiento y aplicándolos a sus quehaceres diarios, facilitándose ciertas comodidades que antaño no podían lograrse. Así, podríamos citar, a la fotografía en respuesta a la pintura, las heladeras que suplantaron a los grandes saladeros para conservar los alimentos, los microondas que llegaron para que nos evitemos la molestia de prender el horno cuando volvemos tarde de trabajar y deseamos calentar la comida, entre muchas otras invenciones que aparecieron para subrogar a las anteriores, anticuadas e ineficientes ya. Todo mucho más cómodo y sencillo.

El siglo XXI se presenta como todo un acontecimiento para el hombre: una era globalizada, que ya había comenzado a serlo en menor medida desde finales del siglo pasado, en donde puede viajarse por el mundo a la velocidad de un clic, y mediante al mismo protocolo averiguar qué pasa en la China , en Beirut o en Mendoza.

En esta época parece imposible escindirse de las nuevas tecnologías: celulares, cámaras digitales, computadoras portátiles y un sinfín de artilugios revolucionarios de innovación y comodidad en materia de telecomunicaciones. A su vez, debería presentarse inherentemente a estos advenimientos tecnológicos el proceso de interiorización y conceptualización del funcionamiento de dichos mecanismos para su correcta utilización, pero muy por el contrario, el hombre adhiere a estas tecnologías como mero usuario de las mismas, que se le proponen como herramientas indispensables en su vida, sin siquiera preguntarse el porqué de su funcionamiento o cómo aumentar al máximo sus rendimientos.

A veces, por cosas como la anteriormente citada, y por cómo desarrollan su función en nuestra vida social las nuevas tecnologías, da la sensación de que en vez de tratarse de un siglo de comunicación o información, estaríamos más encaminados hacía un siglo de incomunicación, al menos en lo que respecta a la interrelación dialéctica que se da entre dos o más personas.

En un mundo donde la información desborda en cantidades desmesuradas y es posible tener acceso a ella con la simple acción de conectarse a Internet, es muy difícil discernir lo relevante de lo que no lo es. Los grandes medios son creadores de una idiosincrasia que ellos mismos retroalimentan, que justifica que si la información aparece allí (en los medios) es seguro fiarse de ella, procurando dar la falsa impresión de que todo su contenido se basa en datos fehacientes. El receptor se vuelve un mero expectante: no hay comparación, no hay búsqueda, no hay interpretación; son todos los mismos datos superfluos y mezquinos que conforman al lector y le dejan una extraña sensación de estar informado. En la vorágine de una época donde todo es inmediato, sin sobresaltos, y desde la comodidad de nuestros asientos, donde la información es monopolizada por las grandes corporaciones, de más está decir que ese formato de despliegue noticioso es un triunfo para aquellas aglomerados empresariales que ostentan el control de los medios y con eso adquieren un inmenso poder, que podría ser traducido tranquilamente en términos monetarios.

Las nuevas tecnologías de comunicación proveen a sus usuarios de una sensación de pertenencia, de encontrarse unidos a un gigantesco grupo, evitar quedar por fuera de ese esquema y, consecuentemente, ser excluidos del mismo. La conciencia que instauran los mecanismos de comunicación hoy no es justamente la de comunicarse, es la de formar parte de una tendencia.

Los teléfonos celulares ingresaron en el mercado a mediados de los 80, como una herramienta anatómica y eficiente, por ese entonces y hasta varios años después, privilegiada para empresarios u hombres de negocios. Hoy, la venta de celulares se ha vuelto un negocio redundante: es difícil encontrar personas que no posean uno, incluso en estratos sociales más bajos que los de la clase media. Hombres de mediana a mayor edad, mujeres y niños; la mayoría de la población mundial cuenta con estos pequeños teléfonos en su poder. El celular engendra una sensación de comunicación total entre sus usuarios: la idea de poder estar en contacto todo el tiempo. Pero la cuestión es que los celulares no se limitan meramente a cumplir esa función; se han convertido en un status, en una necesidad. Los jóvenes se pelean para ver quién tiene el mejor modelo, más caro, con mejor cámara, mp3 y un sinfín de comandos superfluos en relación con lo que respecta con la verdadera comunicación, priorizándose así el plan de mercado de las compañías, que alientan un consumo exacerbado e improductivo de la telefonía móvil. Se entreteje así un modelo de venta que lo que menos prioriza, paradójicamente, es la comunicación entre los individuos.

Los mensajes de texto han contribuido en gran parte a aquello. Como las llamadas desde celular se cobran a un valor relativamente alto respecto al costo de una de teléfono de línea, o inclusive mayor a los ya casi olvidados teléfonos públicos, la gente opta en muchos casos por utilizar esta modalidad, lo que convierte al celular en una herramienta que no cumple su función: uno compra un teléfono y lo que menos hace es realizar llamadas. Hace un par de años, cuando uno hacia una llamada, de la índole que fuere, sabía que aquello que debía hablarse tendría que ser claro y conciso, pese a ser algo banal, como podría serlo un encuentro en un café, pues aquella comunicación se establecería sólo una vez y era preciso entrar en lujos de detalles para que el encuentro estipulado se realizara con éxito. Hoy eso es lejano, por medio de los mensajes de texto los encuentros pueden surgir espontáneamente, sin necesidad de plantear de antemano nada, lo que sugiere un avance en el plano de la comodidad, aunque no así en el de la comunicación personal.

El celular otorga, en cierto modo, una sensación de omnipresencia: saberse comunicado en todo momento, creyendo que al otro lado de la línea siempre está el que buscamos, al menos hasta el momento en que se nos acaba el crédito, que por cierto casi siempre es muy restringido, o nos quedamos sin batería. En ese aspecto, las tecnologías de comunicación online operan del mismo modo: el Msn Messenger ha crecido a pasos tan desmesurados que prácticamente la mayoría de la juventud y cierto porcentaje de personas mayores utilizan el chat para comunicarse entre ellos. Lo que resulta difícil de entender es que aun cuando las sesiones permanecen abiertas la mayoría del día, los usuarios no se encuentran en las computadoras; se trata nuevamente de esa sensación de omnipresencia: dejar una notilla que indique dónde o qué estamos haciendo o qué vamos a hacer en el día. El anonimato parece haberse perdido en el ciberespacio: los programas de interacción online posibilitan una gran capacidad de almacenamiento de datos y todo el mundo tiene la posibilidad de circunscribirse a la misma para tener acceso a información de sus semejantes, como si se tratara de un Gran Hermano inducido y sustentado por los usuarios mismos.

Otra cosa para destacar, sin lugar a dudas cuando se habla de comunicación, es el lenguaje; y el lenguaje, propiamente aplicado no cumple una función de mucho peso en las nuevas tecnologías, al menos no sintácticamente. La restricción de espacio y el apuro que demandan estos medios reconfiguran al lenguaje y acortan su estructura simbólica. Se delimita un nuevo argot y las palabras se diluyen en otras menos extensas, que se incorporan rápidamente en el lenguaje de sus interlocutores. El verdadero problema eminentemente no es ese, es decir que determinado lenguaje se delimite dentro de un determinado campo social, sino que éste (en este caso el lenguaje de la comunicación en el ciberespacio) se traslade a otros campos sociales e intervenga con peso mayoritario en lugares donde no debería hacerse notar.

Resulta necesario comprender que, para entender cabalmente el funcionamiento de los mecanismos de las nuevas tecnologías de comunicación, primero hay que entender que, como productos globalizados que son, tienen un propósito económico primario, por encima de su función social como herramienta tecnológica y su supuesto valor altruista en el desarrollo de la comunicación mundial.

Al ocupar un espacio tan grande en nuestras vidas, ya desde muy pequeños, resulta importante que la gente tome conciencia del uso responsable de todas estas tecnologías, para ser utilizadas correctamente en procesos que resultarían muy útiles y provechosos para el hombre en estos tiempos que corren.

Pero para eso, para lograr esa interiorización, para comprender y racionalizar el uso de los nuevos canales de comunicación, es necesario comprenderlas; y tratándose de un fenómeno social que repercute con gran magnitud en nuestros días e influye directa e indirectamente en el desarrollo humano, quizás sea el momento de que este dilema sea abordado desde otra perspectiva: desde las instituciones, desde los colegios, desde campañas que fomenten y posibiliten el desarrollo óptimo de algo que consideramos erróneamente innatamente aprendido y superado.

Este ensayo no pretende despotricar sin sentido en contra de las nuevas tecnologías ni estigmatizarlas y condenar su función social; simplemente sugiere que aquellas podrán ser utilizadas correctamente y propinarán una verdadera herramienta comunicativa al hombre cuando puedan ser contextualizadas y comprendidas de la manera en que deben serlo, no como tecnologías que operan meramente por su valor comercial, para un mercado que se sustenta mediante al consumismo paradigmático que pregonan sus productos.

De esa manera podría resultarnos más fácil comprender el porqué de la explosión tecnológica de este siglo y estar mejor preparados para lo que se viene, que promete ser fabulosamente superior. ¿Estamos listos?

 

 

 

 

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Algunos Trabajos Presentados en la Jornada

Audiovisuales

 
 
 
Sonoros

Aerolíneas Argentinas

Diego Dominelli

FM Varela

Variaciones sobre el poder
Ariadna Cossio

 
 

Trabajos escritos presentados en las Jornadas

La Comunicación ante la diversidad de la crisis actual.

Hugo E. Stefanazzi

La urgencia del debate por una nueva ley de comunicación.

Florencia Copley

El nuevo camino de las comunicaciones. Las redes periodísticas, a través de los comunicadores independientes, son la alternativa.

Alejandro Jacobsen

Una crisis ajena.

Ernesto José Suárez

La crisis mundial y la crisis en la comunicación.

Mariela Fiamingo

En qué crisis estamos y qué preguntas nos hacemos

Roberto Sardi

Responsabilidad Social Empresarial (RSE): Reinserción Sicológica al Empleo (RSE).

Francisco Ule Rebolledo

Transformación del lenguaje, incomunicación personal y reconceptualización de la información en el siglo XXI.

Pablo D´Elio

Universidad y trabajo ¿Un callejón sin salida (laboral)?.

Javier Borelli

 



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